viernes, 25 de junio de 2010

Argentina - Corea del Sur (3)


La mañana se estimaba apacible. Los rayos de sol ingresaban por las hendijas de la ventana, la temperatura le permitía seguir recostado sin cubrirse con las sábanas mientras se desperezaba en la cama y los ruidos no eran sino mínimos en ese instante. Se rascó y acomodó la entrepierna, miró a su alrededor y pensó: “Sin dudas, será un buen día”.
Tomó el libro que había dejado en el piso la noche anterior, justo antes de caer en los brazos de Morfeo, y releyó los últimos párrafos disfrutados del “Evangelio según Jesucristo”. Se vanaglorió por la suerte de poder acceder a tamaño placer y le agradeció a todos los santos que pudo recordar. Decidió que ya era hora de evacuar los recipientes de residuos corporales.
En tanto liberaba al esfínter de la tensión matutina, pensó en las actividades que tenía para el resto de la jornada. En primera instancia, debía devolverle un abrigo a su vecino más próximo, tanto emocional como físicamente. Luego del desayuno, eso sería lo primero que realizaría, se dijo. Antes de calzarse sus prendas, estiró sus pantalones e intentó quitarle unas arrugas a la camisa.
Salió al pasillo, donde ya la apacibilidad perdía frente a la estruendosa actividad de sus semejantes. Caminaba despacio, a sabiendas que la seguridad de una firme apoyatura reducía las posibilidades de un esguince de tobillo, como debió padecer el pobre de Reinaldo en días pasados. El tucumano “Reina”, como le decían, no notó una floja baldosa y ahora mostraba con pesar su enyesada extremidad.
“Mandar las benditas cartas”. Esa sería su segunda labor antes del mediodía. Reflexionó sobre el contenido de las misivas, y conjeturó que cerraban una alocución coherente. Dirigidas a tres familias diferentes, los receptores estaban en poblados de provincias tan disímiles como Chubut, Salta y Misiones, aunque los asentamientos se denominaban igual, San Martín.
Tras las primeras infusiones del día, buscó un sitio donde sentarse en el patio común. Tomó la primera de las esquelas y analizó lo que hasta ahí había armado. Concluyó los últimos párrafos. Dobló el papel y lo guardó en un sobre. Satisfecho, repitió la operación con el siguiente par de antigüedades. No se acostumbraba a enviar sus mensajes más personales de manera virtual.
Le entregó al hombre del correo sus envíos y le rogó por una pronta recuperación de su hija, a sabiendas de la enfermedad que padecía. El profesional de la estafeta le agradeció el gesto, pero no dudó en despedirlo con un corte de mangas, insultos bravucones y unos gargajos cargados de flema verde, cuya alta densidad le permitieron removerla de la camisa con diligente facilidad.
De retorno en el patio, avizoró a la masa pendenciera cerrarse en torno a su persona. Unos gritaban incoherencias sonoras, otros maldecían y, los más, sólo agitaban sus brazos. Escuchó unos alaridos que le recordaron a los graznidos de gaviotas heridas por los hondazos de unos adolescentes malcriados, allí, lejos en el tiempo, en su pueblo costero natal.
Sumido en esos recuerdos de parsimonia, sintió los primeros golpes. Al principio, no le parecían reales. ¿Es que era real estar en un sitio así? Y todo por llevarse viejas cajas registradoras, su mayor pasión. Sí, no eran suyas, sino de otros. Y rastrear el paradero de las mismas le costó una enormidad, pero ¿hacía falta que lo denunciaran? Él estaba dispuesto a pagar.
Mas no tuvo fortuna, y su oriental patria de nacimiento se enfrentaba a su hogar del corazón. Tal vez el penal de Olmos no era el mejor sitio para estar en ese momento. Lo confirmó cuando su apreciado vecino, vestido con el abrigo devuelto, vociferaba: “Te vamos a romper el orto, coreano chorro. ¡Chino hijo’e puta! ¡Chino hijo’e puta! Bajá esos lienzos, conchudo”.

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