viernes, 25 de junio de 2010

Argentina - Grecia (2)


Hola Rogelio, Ángel habla. ¿Cómo andás? Está fresco pero es que todavía no bajó el sol, lo que va a ser cuando eso pase. Sí. Lo estoy viendo. Abrigado, claro. Y acá, con amigos pero te quería llamar igual para ver cómo estabas y no encontré mejor momento. Sí, te dejo tranquilo si lo querés ver. Ah, bueno, mejor, porque el griterío de esta gente yo mucho no lo tolero y vos sabés de Maradona lo que yo pienso.
No, no les molesta porque me conocen. ¿El trabajo bien? Mmm, sí. Difícil estos tiempos, pero siempre se está raro en este país, Rogelio. Sí, qué pelota se erró. Impresionante. Igual juegan bien estos griegos.
No, no, tenés razón, muy buenos no son. La cuna de la civilización, deben ser buenos en sofismas. ¿Te acordás de Benito el filósofo? Ese era bueno en la parla con las minas.
¿Acá? Acá todo marcha tranquilo, la jubilación este mes me la pagaron al día y yo viste que gastos no tengo, así que no... De casa a la plaza, al centro…sí, el de jubilados. Y qué se yo. ¡Uh! Sí, sí, claro. Es Palermo. Te decía que en el centro somos varios pero la semana pasada no sabés cómo se murió un viejito. 89 años tenía y se venía caminando las diez cuadras todos los días. Una bicicleta lo pisó. Palermo, sí, qué jugador. Entonces la bicicleta la manejaba un nene de doce años. Doce años, podés creer Rogelio. Y como hacía este frío, el viejito quedó patitieso ahí nomás. Porque mucho no duramos en el frío. ¿Tu mujer? Bien, qué bien. Ah. No, yo en griego no sé leer. No, claro que están en nuestro idioma pero yo te decía por si me preguntabas por…sí. Ya te dije que no les molesta, aparte me corrí para no hacerles ruido. Sí, son buena gente. En un bar estoy. Viejos conocidos, me invitan la grapa siempre. Acá no hay timba pero se pasa bien. No hace frío y los muchachos son todos amigos.
¿Eh? El gol, sí. Cortá nomás, no te molesto, lo seguimos otro día. Sí, tranquilo. Cariños a tu señora.
Ángel deposita el auricular sobre el teléfono negro y toca sin querer el disco que marca los números y hace un ruido de campana. La mano izquierda le tiembla un poco pero no se sorprende, ya está acostumbrado. Corre el gato beige sobre la cómoda con el otro brazo porque le molesta que arañe la madera que sabía lustrar Elsa. En la cocina prende la hornalla y pone la pava. Cree que esta vez podrá prender el televisor solo, pero ese conversor que le trajo su hijo de afuera lo vuelve loco. Intenta con un botón pero solamente se enciende una luz. Es lo único que logra hacer. Con los patines se dirige a la cocina y otra vez debe sacar al gato beige de la repisa. Con el brazo izquierdo hace un movimiento que se detiene en el medio. Es una punzada larga que sale de la punta de los dedos o del pecho, no entiende, pero le contrae el rictus. Un manotazo con la derecha no es suficiente para levantar el tubo. Menos para discar cualquier número. Su hijo insistió pero él no quiso cambiarlo.
“Ninguna urgencia voy a tener, quedate tranquilo.”
El agua hierve alocadamente.
“Estoy bien.”
Suenan goles.
“No estoy solo”
Ángel está tirado en el piso.
La estufa se apagó hace rato.
El corazón se detiene.
Un gato afila sus uñas mirando la partida.

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