
Segundo día laboral en Radio Belgrano:
- Jefa- ¿Clotilde, se te ocurre algún jugador para sacar al aire hoy que no esté en la selección?
-Clotilde- ¿Palermo?
-J- Está en la selección
-C- ¿El que se come a la hija de Maradona?
-J- También está en la selección. Dejá. Llamalos a Sorín, Olarticoechea, Perfumo, Pumpido y Tarantini.
Ok, lo único que aprendí del mundial hasta ahora es bailar el Waka Waka.
¿Por qué me habría preguntado si yo conocía a algún jugador? Ella ya tenía toda una lista. Evidentemente me estaba probando. Qué buena suerte pensé, haber entrado a trabajar en pleno Mundial para alguien que el último póster futbolístico que pegó en la pared de su habitación fue el de Boca campeón del 98.
Al instante corrí hacia la computadora para que Google me dijera los nombres de todos estos apellidos que me había tirado. El único que me sonaba era Perfumo, pero estaba segura que era del año del jopo.
¿Olarticoechea? O-LAR-TI-COE-CHEA…Tuve que practicarlo varias veces en voz baja para poder decirlo bien.
45 minutos de reloj llamándolos. Ninguno atendió. Sorín, Juan Pablo (ahora que lo conozco) ya no vivía más ahí. O-lar-ti-coe-chea estaba en Córdoba y con el celular apagado. Y con los otros algo similar.
La persona más inútil del mundo fue a avisarle a su jefa que no había conseguido a nadie. Sin sorprenderse, me dijo que no me preocupara, que tratar de comunicarse con jugadores o ex jugadores era toda una odisea. Me sentí menos peor. Pero igual de inútil.
Sí me pude comunicar con el vicepresidente de la comunidad helénica en Buenos Aires. Toda orgullosa le pasé el llamado al operador. Sonaba re grosso, “El vicepresidente”. Era bisnieto de un griego y era más argentino que yo. Fue una nota aburridísima.
Beto, el operador: -Caro, vení un segundo- Voy. -Cuando me pases un llamado esperá a que yo te conteste por el intercomunicador si lo recibí, porque sino no sabés si lo tomé y pasamos un papelón al aire- . Tomé como todo un aprendizaje esos diez segundos que duró su regaño. No así, los restantes diez minutos en los que me repitió lo mismo alrededor de 20 veces. Me hubiese invitado un café por lo menos.
Ser periodista es arrastrarse para que alguien te dé una nota, te diga algo que valga la pena publicar. Hay que perder todo amor propio. Esperar. Hacerle creer al posible entrevistado que él es lo mejor que nos pasó en la vida. Que estamos interesadísimos en su persona: ¿Así que vos sos el peluquero de las mascotas de los famosos? Contame ¿Cómo empezaste? Para eso estudiamos cuatro años.
Tenés que tomarte el bondi. Previamente haberlo esperado 15 mintos bajo el sol, lluvia, viento o frío. Hacer combinación con los subtes, trenes y premetros. Para llegar y que te digan: “Estoy un poco apurada, tengo que ir a pilates ¿Cuánto va a durar la entrevista?”. “¡Una hora, hija de puta, ¿te jode?!”, dice el cerebro del periodista. “No te preocupes, como mucho 20 minutos, sino vuelvo otro día”, dice nuestra boca.
Todo eso sumado a los nervios de los primeros días de trabajo en donde uno no conoce a nadie, y gente como Beto, se encarga de hacernos saber que somos los nuevos, los inútiles, los che pibes.
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