
Las flores de una mañana en que mi barrio se convirtió en el barrio de Flores. Baldeaba con las medias rotas, total, nadie la iba a mirar. Saca un balde, luego otro. Apoya sus manos en las caderas y respira. Cree que hoy el aire es más liviano. Justo gritaron algo. Yo dormía plácidamente y nadie me avisó que la ciudad estaba en vilo. Ni coreano ni argentino, todavía, el chino fuma en la entrada del super y espera algún cliente. Una rubia gorda, seguro madre, le toca la puerta a la almacenera que debe correr desde su casa para abrirle el negocio. Para sus adentros la insulta en su idioma. Afuera, la sonrisa falsa la delata. Mujeres adentro del colectivo que pasa hacen alarde de su independencia. El colectivero está realmente enojado, transporta gente indiferente. Se escucha a los hombres encerrados. Gritan, alaban. Y un sonido electrónico que los interrumpe. A la vuelta, se la ve caminando con su hija. Fuma, emponchada, y le habla con parsimonia sabiendo que es dueña de la calle. Pasa una desgreñada, arrastra chancletas y un rulero le cuelga del flequillo. Va sin rumbo respirando profundamente. Parece un fantasma de entrecasa. Mira el cielo, el horizonte despejado y pareciera que apuntara a algún lugar con la mente. Tal vez se esté conectando.
En la estación de servicio, los empleados mascullan algo incomprensible mientras uno les pide revisar el aceite. Tensión, miradas desafiantes, casi amenazadoras se cruzan entre tres. Los movimientos son contenidos. La rabia late en las venas y se les hinchan las del cuello, como si fueran a gritarle algo. Un silencio de respiración contenida se percibe en la calle.
Se escucha un quejido salir de una ventana. Nadie lo atiende.
Una jovencita, con sus tacos negros contonea exageradamente las caderas. Sí, practica una caminata extraña cruzando casi las puntas de sus pies. Y va sonriendo. Cambia la cartera de lado y la acomoda para que le dé equilibrio y un mejor balance. Sigue así hasta la parada del colectivo.
Se ve un televisor al fondo del negocio. Discusiones de testosterona emanan entre las autopartes. El perrito va delante y ella con su bastón detrás. Los anteojos parecen empañados pero creo que solo están sucios. Camina con una sonrisa hasta su banco predilecto y me sonríe ampliando la boca aún más. Disfruta el silencio con la mirada nublada.
Flores a toda hora, el barrio de las mujeres alegres y la ciudad en horario de partido selección nacional. No hay diferencia. Todo se tiñe de polleras, de bocas rojas, de pantuflas o botas finas, de sensualidad de mujeres solas.
Paro el colectivo corriendo, pensando que se irá. Mira el semáforo en verde que le toca y me mira a mí. Me hace un gesto de descanso, su mano me dice que no avanzará hasta que yo suba. Al escalar el primer peldaño, le agradezco y me mira entristecido. Debe cumplir el horario que dicta la compañía, no puede llegar antes. Miro atrás y no hay nadie. Sus ojos me dicen que no puede escuchar la radio, está prohibido. Con las cejas me pregunta cómo vamos. Niego con vergüenza. Baja la vista un segundo, no deja que le gane la angustia y levanta rápido, las manos firmes al volante y apenas si aprieta el acelerador. Debemos estar marchando a 5 kilómetros por hora. No se nos cruza ningún auto. Parece el andar del vehículo más centenario del planeta. El tiempo y el asfalto están detenidos, el frente de esta casa azul es el más largo del mundo.
Algo sucede.
Una hermosa flor vestida de jean y pulóver se asusta y se crispa. El gato que tiene al lado levanta la cola.
Se escuchan tiros o escopetazos o petardos. Y muchas O desde los balcones.
El colectivero asoma apenas la cabeza por la ventana, gira el cuello y me sonríe. Al fin se entera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario