jueves, 15 de julio de 2010

Argentina - Alemania (1)


Cuando llegué a lo de los González tres años atrás encontré en ellos una familia y en su hogar, mi lugar.
Hasta conocerlo a Pedro, yo vagaba por las calles sin rumbo, dormía donde podía y comía lo que encontraba.
Venía huyendo de una convivencia traumática. Él nunca regresaba hasta muy tarde en la noche y promediando la cena llegaba la agresión.
Un día me cansé de sus escobazos, tomé coraje y lo abandoné.
Si aquel día hubiera podido hablar le hubiera dicho:
– Metete esa maldita escoba entre las nalgas infeliz! A mi no me tocás más un pelo, adiós- seguido de un buen portazo de esos bien ruidosos.
Me hubiera muerto por verle la cara mientras me escuchaba atónito, ja!
Claro que eso no fue posible y cerrar la puerta tampoco. Simplemente huí.
Termine viviendo en la calle y conocí otra realidad, me curtí.
Esa etapa llena de riegos y desarraigos duró tres meses hasta que una noche lo conocí a Pedro. Él se aproximó a mí, yo me fui dejando, entramos en confianza y a los pocos minutos me llevó a su casa. Allí conocí a Clara, su mujer.
Pasaron los días y decidí quedarme a vivir con ellos, me conquistaron con cariño y me sedujeron con manjares.
Tuvimos una convivencia maravillosa y fueron tres años de felicidad.
Pedro y Clara disfrutaban de su intimidad mientras yo me paseaba libremente por la casa haciendo míos los rincones que me apetecían, rara vez venían multitudes.
Pero todo cambió este último mes con las continuas visitas de los García.
Ayer debe haber sido la quinta en tres semanas.
Llegan eufóricos y ruidosos, irrumpen en el living sin importarles mi horario de siesta y encima ocupan mi lugar en el sofá. Viene ella, viene él, vienen sus tres niños y viene su perro Adolfo!
Cuando ellos entran yo automáticamente me voy al jardín y no vuelvo a entrar hasta que se van, no me los banco.
El otro día estaba tranquila limándome las uñas en la paz del jardín cuando escuché la puerta de la cocina. Me entusiasmé por un instante porque pensé que sería Pedro que me traía algo de comida.
Error. Era Adolfo.
El macho necesitaba seguir marcando territorio. No se conformaba con mi living, ahora también venía por mi jardín.
Yo observaba agazapada e indignada detrás del gran roble como este peludo babeaba y olfateaba todo lo que estuviera a su alcance hasta finalmente detenerse frente al rosal.
Con total impunidad levantó su pata derecha, se reclinó levemente sobre su izquierda y orinó copiosamente.
En ese preciso instante Clara se asomó por la ventana.
Su cara hablaba por si sola, expresaba desesperación. No era para menos, el rosal era su planta preferida.
Yo ya me empezaba a regocijar con el reto que se venía cuando, para mi asombro, la escuché decir: “Adolfito, vení ! No te vayas que apenas saliste nos hicieron un gol”.
Perro suertudo, evidentemente no lo vio meando.
Sinceramente, me ganó la modorra. Hubiera buscado una manera de mandarlo al frente de no haber sido por el sol invernal que me invitaba a dormir una linda siesta.
Esta vez te salvaste Adolfito. Ustedes los perros se jactan de ser los más fieles pero yo te demostré que nosotros también podemos serlo. No abrí la boca, no dije ni miau.

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