jueves, 15 de julio de 2010

Argentina - Alemania (4)


El despertador sonó, como todos los días salvo el festivo domingo, a las cinco. Apagó el ruidoso aparato e intentó salir de la cama sin tocar a su obesa esposa. Pisó una cucaracha desprevenida y el crujido vino acompañado de un movimiento abrupto por parte de Palmira. Palmira bufó. Asencio se quitó los restos del insecto de la planta de su pie y se calzó las medias. Ya en el baño liberó sus líquidos y se acomodó un poco el cabello, sin encender la luz, porque la incandescente se había quemado hacía dos semanas. No tiró de la cadena porque eso hubiera desvelado a Palmira, así que dejó todo allí para que luego ella, cuando se levantase tres horas después, pudiera comenzar el día insultando a alguien.
No cerró la puerta del baño porque no la había. Canjearon la madera y sus herrajes por unos chapones para el techo. Buscó sus prendas y se terminó de vestir. Ya en la cocina, a cuatro metros de distancia de la cama, abrió la heladera y sacó un pedazo de mortadela. Lo bajó con vino blanco encartonado. A él le gustaba el tinto, pero a Palmira le traía gases, mareos, quistes sebáceos, herpes y le inflamaba las encías. Así que tomaban blanco. Muy de vez en cuando ella cedía y pedían rosado en el almacén, pero esa opción no la traía Don Roque.
Agarró el cuchillo sin lavar que estaba sobre la mesada y le apuntó al roedor que por ahí deambulaba. El ágil aprendiz de cazador no logró dar con su presa y la laucha se escabulló entre los azulejos despegados. Estuvo a punto de abrir la canilla para lavar la cuasi-homicida arma, pero notó que una olla estaba boca abajo. Pensó en lo despierto que se encontraba para ser de madrugada y en la sagacidad que supuso no generar un ruido símil tambor que hubiera interrumpido el sueño de la enorme Palmira. Se dignó a quitar la olla y al levantarla una veintena de pequeñas moscas bien negras salieron revoloteando. Los restos de un guiso preparado hacía dos noches aún permanecían unidos a la superficie metálica y los jejenes se estaban deleitando con ese plato. A Palmira le salía realmente bien. En especial, como consideraba su marido, si teníamos en cuenta que solo utilizaba verduras y, muy esporádicamente, hueso de caracú.
Se preguntó si debía asearse un poco más, pero tras oler sus sobacos notó que estaba bien. Rastreó la billetera y, al encontrarla, buscó la puerta para salir. La miró a Palmira y susurró un “te amo tanto” antes de entroncar la entrada. Ya en la calle, vio que Manuel también estaba saliendo de su hogar. Lo saludó con el brazo izquierdo y se dirigió a la parada de colectivo. El 768 debería llegar en un santiamén. Casi nunca se retrasaba más que unos pocos minutos. Manuel lo alcanzó en el mástil que oficiaba de indicador para el chofer y le preguntó por el estado de salud de Palmira. Le respondió que andaba bien, pero Manuel acotó algo más sobre su bienestar y él se sorprendió.
Asencio exigió una aclaración ante tanto chusmerío a lo que Manuel, a la defensiva, intentó contemporizar con un “bueno, como está embarazada, quería saber, nada más”. Su sorpresa fue mayúscula. ¿Palmira preñada? No era posible. Si solo le había tocado una teta 14 meses atrás, y porque ella se tropezó. Le preguntó quién le había contado y Manuel balbuceó, se puso a temblar y finalmente confesó que lo sabía porque él era el padre, o eso suponía. También podría serlo Aurelio.
Asencio se puso como loco. El 768 ya llegaba y Manuel lo miraba con cara de “che, ¡qué frío que hace! ¿No?”. Dio medio vuelta y enfiló para su hogar. Destrabó la puerta y gritó para despertar a su amada. Palmira rotó sobre su eje, lo miró, lo puteó y se le acercó para abofetearlo. Tras darle los dos primeros correctivos le preguntó qué carajo le pasaba. Que por qué no se iba al frigorífico y a la concha de su madre, en el orden que le pareciera. Asencio vio que le caminaban un par de lombrices por la pantorrilla pero ella ni noticias. “Amor mío, te quería recordar que hoy vienen Manuel y Aurelio a ver el partido contra Alemania. Era eso nomás. Viste, como nos cortaron el teléfono y ayer casi no hablamos. Ya está. Disculpá. Te veo a las 11, mi cielo”.

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