¿Todos posicionados? Sí. ¿Locaciones aseguradas? Sí ¿Los transportes jaula preparados para recibir a los criminales? Sí. Entonces: listos, concentración máxima, la operación “Desmalezamiento” comenzará en treinta segundos. Recuerden, si los sujetos se ponen muy violentos ante las órdenes, utilicen la fuerza de sus brazos, sólo si ésta es insuficiente recurran a los bastones, al gas enceguecedor y la pistola eléctrica de bajo voltaje, en ese orden. En caso de que tampoco funcione desenfunden y utilicen sus armas semi-automáticas, disparando primeramente a los músculos, luego a las articulaciones y, en caso extremo, en la sien, en ese orden, ¿está claro, verdad? ¡Sí! Los quince miembros de la Guardia Del Deber Comunitario (GDDC, los “guddeco”, como se los conocía) abrieron sus ojos al máximo y sentían como la adrenalina les fluía por todo el cuerpo. Guiados por Miguel Vacuniin, sus catorce fieles laderos esperaban ansiosos el “¡Adelante!” con el que comenzaría la última etapa de una investigación que inició Pedro Prudón, ya retirado al alcanzar la edad jubilatoria de 53 años, con 28 de servicio. El anterior líder guddeco había conocido a través de un foro en internet la existencia del grupo de individuos que ahora estaban a punto de apresar. Se interiorizó de sus afiliaciones políticas, de las redes de financiamiento, de los libros que leían y pidió permiso a un juez para seguir sus pasos más privados (supervisión de llamadas, instalación de mini-cámaras y micrófonos en los lugares de reunión habituales, gastos con las tarjetas crediticias e infiltración de agentes encubiertos) ante la firme sospecha de que infringían la ley 30.000, aprobada hacía ahora medio siglo. La labor de Prudón fue impecable y con ello cerró una foja de servicios sin tacha. Vacuniin, quien participó desde cero en el proceso de recolección de pruebas, sentía una responsabilidad gigantesca por llevar a buen puerto el trabajo de su predecesor. Si alguno de los quince agentes aún tenía dudas de lo correcto de su proceder –pero ninguno las poseía–, se disiparon apenas tomaron posición de sus lugares. Luego de que el conductor del transporte jaula utilizado para llegar al sitio y después llevarse a los criminales diera arranque a los micrófonos de escucha supra-pared y a los anteojos de visión nocturna, y tras haber solicitado el corte de energía eléctrica del edificio marcado a la compañía proveedora del servicio, los guddecos pudieron ver y escuchar como los malvivientes cantaban contra de la ley 30.000 “Porque los putos son subnormales / porque a los Down hay que matarles, antes de nacer / porque los hebreos son el diablo, y los gitanos el descarte del Edén / ¡Sea racista, sea humanista! / Diferencie la basura de lo bien / ¡Sea racista, sea humanista! / Porque Dios es amor, patria y familia / porque la Iglesia es nuestra paz / ¡Sea racista, sea humanista! ¡Séalo ya! / ¡Porque los putos subnormales! / ¡Sea racista, sea humanista! ¡Séalo ya!”. Indignados ante las muestras de intolerancia, todavía existentes en el año 2060, algo insólito para ellos, y en confrontación con la ley 30.000, los guddecos debieron padecer las proclamas y vítores ante los festejos del grupo en cuestión por el aniversario número 50 que festejaban. Con vestimentas rojas se estrechaban las manos, bebían cava, comían jamón y se gritaban “jo’er”. Miguel Vacuniin dio la orden, la luz se esfumó y los guddecos, con sus movimientos precisos, ingresaron al grito de “¡Alto! En nombre de la ley quedan todos ustedes detenidos. Tienen derechos y serán respetados, pero debemos llevarlos ante la Justicia. Tengan a bien colaborar o estamos autorizados a emplear cuantos medios estén a nuestro alcance”. No cedieron fácilmente. Se resistieron y recibieron bastonazos o sus rostros fueron gaseados; uno padeció las bajas descargas eléctricas, pero ninguna bala. Eso alivió a los guddeco. Cuando los 16 fueron ubicados en el transporte jaula Vacuniin se sintió satisfecho, pero no podía borrar de su mente el enorme cartel que debió descolgar y llevar como prueba para el juez. Ese que rezaba: “50 años del último Mundial de Fútbol ganado por un equipo sin negros ¡Viva!”.
Este es el verdadero campeonato...para más información ver las reglas del juego en la primera entrada...que viva el fair play!! (Los textos son publicados por Mariana J. pero han sido escritos por diferentes personas, ella es sólo un emisario...). ABIERTA LA VOTACIÓN AL PÚBLICO!! AHORA VOS TAMBIÉN PODÉS ELEGIR!
jueves, 22 de julio de 2010
Final (2)
¿Todos posicionados? Sí. ¿Locaciones aseguradas? Sí ¿Los transportes jaula preparados para recibir a los criminales? Sí. Entonces: listos, concentración máxima, la operación “Desmalezamiento” comenzará en treinta segundos. Recuerden, si los sujetos se ponen muy violentos ante las órdenes, utilicen la fuerza de sus brazos, sólo si ésta es insuficiente recurran a los bastones, al gas enceguecedor y la pistola eléctrica de bajo voltaje, en ese orden. En caso de que tampoco funcione desenfunden y utilicen sus armas semi-automáticas, disparando primeramente a los músculos, luego a las articulaciones y, en caso extremo, en la sien, en ese orden, ¿está claro, verdad? ¡Sí! Los quince miembros de la Guardia Del Deber Comunitario (GDDC, los “guddeco”, como se los conocía) abrieron sus ojos al máximo y sentían como la adrenalina les fluía por todo el cuerpo. Guiados por Miguel Vacuniin, sus catorce fieles laderos esperaban ansiosos el “¡Adelante!” con el que comenzaría la última etapa de una investigación que inició Pedro Prudón, ya retirado al alcanzar la edad jubilatoria de 53 años, con 28 de servicio. El anterior líder guddeco había conocido a través de un foro en internet la existencia del grupo de individuos que ahora estaban a punto de apresar. Se interiorizó de sus afiliaciones políticas, de las redes de financiamiento, de los libros que leían y pidió permiso a un juez para seguir sus pasos más privados (supervisión de llamadas, instalación de mini-cámaras y micrófonos en los lugares de reunión habituales, gastos con las tarjetas crediticias e infiltración de agentes encubiertos) ante la firme sospecha de que infringían la ley 30.000, aprobada hacía ahora medio siglo. La labor de Prudón fue impecable y con ello cerró una foja de servicios sin tacha. Vacuniin, quien participó desde cero en el proceso de recolección de pruebas, sentía una responsabilidad gigantesca por llevar a buen puerto el trabajo de su predecesor. Si alguno de los quince agentes aún tenía dudas de lo correcto de su proceder –pero ninguno las poseía–, se disiparon apenas tomaron posición de sus lugares. Luego de que el conductor del transporte jaula utilizado para llegar al sitio y después llevarse a los criminales diera arranque a los micrófonos de escucha supra-pared y a los anteojos de visión nocturna, y tras haber solicitado el corte de energía eléctrica del edificio marcado a la compañía proveedora del servicio, los guddecos pudieron ver y escuchar como los malvivientes cantaban contra de la ley 30.000 “Porque los putos son subnormales / porque a los Down hay que matarles, antes de nacer / porque los hebreos son el diablo, y los gitanos el descarte del Edén / ¡Sea racista, sea humanista! / Diferencie la basura de lo bien / ¡Sea racista, sea humanista! / Porque Dios es amor, patria y familia / porque la Iglesia es nuestra paz / ¡Sea racista, sea humanista! ¡Séalo ya! / ¡Porque los putos subnormales! / ¡Sea racista, sea humanista! ¡Séalo ya!”. Indignados ante las muestras de intolerancia, todavía existentes en el año 2060, algo insólito para ellos, y en confrontación con la ley 30.000, los guddecos debieron padecer las proclamas y vítores ante los festejos del grupo en cuestión por el aniversario número 50 que festejaban. Con vestimentas rojas se estrechaban las manos, bebían cava, comían jamón y se gritaban “jo’er”. Miguel Vacuniin dio la orden, la luz se esfumó y los guddecos, con sus movimientos precisos, ingresaron al grito de “¡Alto! En nombre de la ley quedan todos ustedes detenidos. Tienen derechos y serán respetados, pero debemos llevarlos ante la Justicia. Tengan a bien colaborar o estamos autorizados a emplear cuantos medios estén a nuestro alcance”. No cedieron fácilmente. Se resistieron y recibieron bastonazos o sus rostros fueron gaseados; uno padeció las bajas descargas eléctricas, pero ninguna bala. Eso alivió a los guddeco. Cuando los 16 fueron ubicados en el transporte jaula Vacuniin se sintió satisfecho, pero no podía borrar de su mente el enorme cartel que debió descolgar y llevar como prueba para el juez. Ese que rezaba: “50 años del último Mundial de Fútbol ganado por un equipo sin negros ¡Viva!”.
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