
Y acá –dijo Mirta Busnelli- es cuando los egos se nos desmoronan. Yo lo banco a muerte, lo sigo, porque me parece la imagen del desamparado, no…del sobreviviente. ¿Entendés? Es un tipo que la peleó hasta el final y salió de todo. Lo conocen en todo el planeta. En todo el planeta. Y los viejos viven en Devoto. Yo escribí en Twitter “¡Arriba, vamos!” y después pensé. No, que va a sonar a que me estoy burlando. Y lo cambié por “Abrazo, abrazo”.
Su mirada hermosa les preguntó a las chicas “vienen a comer, ¿no?” Acababa de terminar la función y estaba exhausta pero animada. Quería más aplausos.
Una dormía con su novio, otra iba a ver otra obra, otra se juntaba con una amiga y otra esperaba a alguien. Todas bajaron las cabezas, entendieron que el que pone el cuerpo también espera el cuerpo del otro. La vida no es más que una constante de columpios, donde siempre se espera que alguien se siente del otro lado si estamos abajo. Que alguien nos levante. Será por eso que el Diego es tan nuestro. Tanta necesidad de nosotros, no vive más que del reconocimiento, abraza a su hija porque está la cámara.
Exitistas.
Buscar la recompensa del abrazo. El argentino besa.
(La máquina alemana, el cuerpo es solo una masa entretejida de unidades que conforman una tecnología al servicio de. Su victoria fue celebrada, pero nadie lloraba. La Merkell levantó los antebrazos y en su fría lengua habrá pronunciado un medido “¡vamos!”. Rodeada de negros que algún pariente suyo habrá mandado matar pensando que eran menos hombres. ¿Cómo es el teatro alemán? Es un varieté de máscaras hermafroditas que debe romper al medio cada una de las categorías tajantes de la humanidad para poder encontrarse a sí misma. Una identidad de mujeres con sobaco, de hombres con finas remeras violetas. Y no hay posibilidad al collage. Es una suma matemática y exacta de opuestos. Los jugadores autómatas, el director técnico, un puto de catálogo.)
De este lado vivimos en un patchwork interminable. Nuestros negros desteñidos, viajan en primera y vuelven a Fuerte Apache, los rubios quieren bailar cumbia y estudiar, se revuelcan los de arriba con los de abajo en una ensalada de cuerpos. Un teatro de la mezcla, un telón que oculta las uniones pegoteadas. Y la gente quiere verlo, quiere sangre, quiere que se vuelvan a drogar, quiere ver a Fort puto y con minas, quiere que se le caigan los implantes y que diga algo inteligente, que ruede, se tire un pedo y vuelva a la fábrica.
Fanfarria descontrolada, juego de colores, lenguas, vestimentas, cabellos que se oponen siempre a la espera de que otro los acompañe a cenar. El fútbol, el teatro, los medios.
Y, sin embargo, se escuchó una sola risa.
Perdida entre la seriedad de millones atentos a la pantalla. Nerviosos, desconfiados y alertas.
La risa estentórea, interminable, quiso explicarse.
“¡En la cara! ¿Lo vieron? ¡Cómo le pegó el pelotazo directo al rubio! Todos los jetones esos que parecen un paredón y el tipo le pegó el pelotazo directo a la trucha. ¡Me muero! Ni siquiera vio el arco. Se la dio justo.
Qué importa que entre en el arco, lo que importa es hacerlos mierda porque siempre nos culean.”
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