jueves, 15 de julio de 2010

semifinal (2)


Gringo, grita el hijo de gallegos. Gringo tomatelás.
“Ha caído Brasil”
Lloramos de alegría la derrota de los soberbios jugadores.
“Ha caído Paraguay”
Siempre la derrota del pueblo guaraní. Esta vez fueron los castizos, lograron lo que no pudieron en la colonia: acabarlos.
“Ha caído Uruguay”
Y era la última esperanza de la región.
¿Qué región?
“Perdió la unidad latinoamericana”
No ha quedado ningún representante, por ende, Pedro apaga la tele. La vuelta al trabajo.
Pedro es escupido por Ramón en la calle y le grita qué hacés, boliviano de mierda.
Ramón no vio el auto, estaba preocupado por cómo llegar a la fábrica lo más rápido posible sin que se notara su falta. Tenía muchos cortes de tela por delante, todavía.
Pedro desconoce completamente el origen de su familia. No sabe que cinco generaciones atrás una mujer de amplias polleras, increíble y seductora sonrisa fue violada en el altiplano por un señor feudal que tomó ese hijo natural y lo hizo suyo y olvidó a la mujer. Luego, mucho más luego en el tiempo, Pedro grita insultándose a sí mismo. Nunca leyó nada, ni siquiera el diario. Menos podemos esperar de su educación. Nunca le importó otra cosa que los números. Será por eso Pedro no sabe que es negro. Será porque no leyó a Boris Vian. De todas formas, ve a Ramón como un amo a su esclavo.
Ramón tiene cerveza en la sangre y conciencia de clase. Le pide que se baje del auto que lo va a cagar a piñas. Ramón es guapo. Pedro lo mira. Aterrorizado su pie no se decide entre el acelerador y el embrague. El semáforo se pone en verde.
Un cóndor pasa.
Es ahora o nunca.
Pedro se va. El auto usado pero con olor a limpio huye con vergüenza de la escena. Su conductor está colorado, sudado, piensa en el plasma que acababa de comprar. Si solo siguiera un equipo, me darían ganas de verlos pero puedo hinchar por España. Sí, voy a hinchar por los gallegos.
Pedro desconoce completamente el origen de su familia. No sabe que cuatro generaciones atrás un hombre de Galicia estafó y asesinó al señor feudal. Se quedó con su hijo, esclavizó a la sensual chola y la martirizó hasta que murió. Vendió todas sus posesiones y se vino al sur escapando de la mala fama.
Ramón pensó que se perdió una genial oportunidad para romper el equilibrio monótono del día. Una buena piña en el centro de la cara de ese mal nacido y la sangre vuelta a circular. Ahora solo quedaban los cortes de tela por delante. El patrón no vuelve porque hoy hubo partido. Ramón no sabía quién jugaba. Ni le importaba. Venezuela nunca llegó a la copa del mundo y él no sabe las reglas del fútbol.

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