
Mi vaso estaba medio vacío y la casa también.
El silencio me aturdía y yo quería que se callase.
Mis intentos eran en vano, él no me escuchaba.
Daba vueltas a mi alrededor, me perseguía, me invadía.
Estaba jugando con la paciencia y encima ahora ocupaba mi silla.
Luego se metió en mi vaso medio vacío, bebió un sorbo de mi agua, bebió dos, bebió tres, lo vació.
La paciencia se agotó y salió disparada. Me quedé solo con la rabia.
Grité: “Qué hiciste? Salí ya de mi vaso y andate de mi casa!”.
Terminé de pronunciar la última palabra y llegó el dolor. Lo sentí en mi garganta, su presencia marcaba la intensidad de mi descarga.
Me arrepentí, me replanteé si no habría sido demasiado descortés.
Después de todo, siempre hay que llevarse bien con el silencio.
Me tranquilicé y me disculpé, lo invité a que se quedara.
Él no tenía la culpa de mi melancolía.
Hoy se cumplía una semana de aquel día en que el ruido me abandonó y yo no dejaba de extrañarlo.
Durante el último mes me visitaba con frecuencia, yo lo invitaba con unos mates y compartíamos unas facturas.
Nunca estábamos solos.
Nos juntábamos las bolas de fraile, el mate, el ruido, mis amigos y yo.
La asistencia era perfecta, no había forma de que alguno se ausentara.
Estaba todo perfectamente planeado y era nuestra cábala para cada partido.
Mis amigos y el ruido llegaban juntos, y yo los esperaba junto a bolas de fraile y el mate en el living de mi casa.
A primera hora la glotonería y yo salíamos hacia la panadería, así nos asegurábamos las más ricas.
Siempre elegíamos con el mismo criterio, debían rebalsar de dulce de leche y vestir una gran capa de azúcar impalpable.
Una vez todos reunidos, disfrutábamos de las victorias del equipo argentino.
Al final de cada partido llegaba –su- momento, el ruido se hacía escuchar y nos llenaba de felicidad.
Su festejo completaba cada victoria formando una ecuación perfecta.
Y hoy se cumplía una semana de aquella derrota ante Alemania. Una semana de aquel día en que la tristeza secuestró al ruido. Nunca más lo volvimos a ver.
Mis amigos tampoco volvieron, dijimos que ya no nos juntaríamos porque no quedaban motivos para festejar.
Hoy encendí la tele para ver la final. A solas con la soledad apareció la sed e inmediatamente se sumó mi vaso que llegó medio vacío.
Fue en ese instante, mientras España y Holanda corrían por el primero tiempo que el silencio ocupó mi silla, se metió en mi vaso y se tomó en tres sorbos todo lo que quedaba en él.
Primero me enojé, después me disculpé, más tarde comprendí.
La desaparición del ruido, la llegada del silencio y el vacío de mi vaso se relacionaban entre sí provocando la melancolía.
La melancolía me explicaba que el mundial ya había finalizado siete días atrás y que ese partido a mí ya no me incumbía.
Miré a mi alrededor, solo quedaba el silencio. Fue entonces que apagué la tele y lo invité a pasar a la cocina para tomarnos unos mates con algunos restos de bolas de fraile.
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