
Hace diez años que vivo en Hermosillo, la ciudad más grande de México. Me habían ofrecido mejores condiciones laborales y una holgada calidad de vida. Casi ni lo dudé, lo consulté con mi jermu y nos vinimos.
Con Nilda, estábamos recién casados y cansados. Trabajábamos doce horas por día y siempre comíamos lo mismo: caracoles al limón. Vivíamos en un cuartito al fondo de la casa de una tía sorda en Balvanera.
Nilda era peluquera en zona norte, viajaba en bicicleta porque decía que el tren la deprimía. Asique se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba un mate con algún caracol que hubiera sobrado de la noche anterior y salía para su trabajo. No era fácil para ella lidiar con las señoras conchetas de la Horqueta, ya que se le hacía imposible entender que dijeran estar estresadas porque la niñera se había enfermado durante toda una semana y tuvieron que llevar a sus hijos al jardín cinco días seguidos.
Yo vendo zapatos en un negocio del Solar de la Abadía. Me levanto mucho más tarde que Nilda pero desayuno lo mismo. Nos encantan los caracoles. Prefiero tomarme el bondi antes que pedalear un centímetro. Pero lo que me caracteriza no es mi oficio. Soy un ferviente hincha de Argentinos Juniors. Los voy a ver siempre a la Paternal y mi abuelo es socio vitalicio del club. Tengo posters pegados en la pared del living de Maradona. Además soy miembro fundador de la iglesia maradoniana. Creo que el Diego tiene poderes especiales. No es un simple ser humano.
La alegría que nos dio a los argentinos en el 86 contra los gringos no se compara con nada. Nos hizo llorar, nos unió a todos los argentinos. No es la mano de Dios, es Dios entero. El Diego es del pueblo, como Evita. Ojalá hubiera más gente como ellos en Argentina, sería un país de primera.
Pero ahora está lleno de gente que habla boludeces, ya no somos lo que éramos.
Tuvimos dos hijos, Diego y Armando. De ocho y seis años. Desde que nacieron los hice fanáticos de los bichitos colorados y del más grande. Del único, de Dios.
Los crié haciéndoles saber que la Argentina era el mejor país del mundo, que teníamos el mejor fútbol, las mejores minas y la mejor carne. Que con su mamá nos fuimos pero que pensábamos volver.
Siempre antes de ir al colegio les hago besar la foto de Maradona y se llevan una estampilla de Evita para que les de suerte en los exámenes. Son fanáticos como el padre. Todo un orgullo para mí.
Uno de los días más felices de nuestras vidas fue cuando nos enteramos que el rey iba a ser el director técnico del país que tanto amábamos. Hicimos una fiesta con los más conocidos. Celebramos y bailamos. Estábamos seguros que con el Diego a la cabeza tendíamos la copa de nuevo. No había dudas, era Dios dirigiendo a nuestra selección. ¿Qué podría salir mal?
El primer gol de los alemanes no nos importó. Dios era nuestro director. El segundo tampoco, algo grade se avecinaba para nosotros. En el tercero, esperábamos un milagro. En el cuarto y con pocos minutos faltando para terminar no entendíamos por qué Dios nos estaba castigando de esa manera.
Cuando finalizó el partido, mis hijos me miraron con los ojos húmedos y me preguntaron: ¿ Qué pasó? ¿ No era Dios el entrenador? ¿ No éramos los mejores del mundo?
Este fue el ganador....congrats!
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